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Conflicto Israel–Estados Unidos–Irán: ¿cómo puede afectar a los mercados?

Analizamos el conflicto en el estrecho de Ormuz no en clave geopolítica, sino por su impacto real sobre el precio del petróleo y, por tanto, sobre la inflación y la estrategia de cartera.

En la estrategia para este 2026 (Nota de análisis de enero de 2026) definimos tres motores estructurales que, a nuestro entender, moverán los mercados este año: inflación, difusión de la inteligencia artificial y liquidez. Cualquier acontecimiento geopolítico deberá analizarse en función de cómo puede alterar estos tres ejes. Por tanto, no haremos valoraciones geopolíticas ni ideológicas, sino que nos centraremos en responder si el conflicto tiene capacidad de cambiar la situación macroeconómica. Con la información disponible en este momento, pensamos que, de momento, no.

El foco real del mercado no es el conflicto en sí, sino el posible impacto sobre el petróleo, especialmente por el papel del estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente un 20% del crudo mundial, y el ataque por parte de Irán a países productores de petróleo y gas. Una interrupción sostenida del tránsito sí podría generar un shock macroeconómico. Ahora bien, a día de hoy no es el escenario central.

Cabe recordar que Irán produce por debajo de su capacidad a causa de las sanciones internacionales y que exporta principalmente a China. La variable determinante será la respuesta de la OPEP y la capacidad ociosa existente en el sistema, y por este motivo el ataque a países productores como los Emiratos, Catar o Arabia Saudí puede llegar a ser relevante. Históricamente, cuando el petróleo sube de manera abrupta, los grandes productores tienden a ajustar la oferta si perciben riesgo de destrucción de demanda. Además, hay que tener en cuenta que sigue existiendo oferta rusa fuera de los circuitos oficiales (flota fantasma), lo cual actúa como colchón parcial. Por tanto, lo que observamos de momento es una subida del precio del petróleo como respuesta a la inestabilidad, una prima geopolítica temporal, no un shock estructural de oferta.

La experiencia reciente nos muestra un patrón claro. El mercado penaliza con fuerza cuando el petróleo acaba generando inflación estructural y obliga a los bancos centrales a modificar la política monetaria.

Fue el caso en 2022, cuando el shock energético derivado de la invasión rusa de Ucrania se trasladó a un entorno inflacionista y forzó subidas agresivas de tipos. En cambio, en episodios más breves (1990, 2003 o 2019), la volatilidad fue intensa pero limitada en el tiempo. Hay que tener en cuenta además que en 2022 fueron los demandantes (Europa/EE. UU.) quienes se restringieron la oferta rusa mediante las sanciones. Ahora la demanda no busca reducir la oferta.

A nivel técnico, hay tres zonas de vigilancia relevantes:

  • Por debajo de 90$ el barril de petróleo, el impacto macro es reducido.
  • Entre 90$ y 110$, hay ruido y posible freno a la desinflación.
  • Por encima de 110$ de manera sostenida, sí hablaríamos de riesgo real de reaceleración inflacionista.

En este momento no nos encontramos en el tercer escenario.

El conflicto solo cambia nuestra estrategia si altera la trayectoria de inflación.

El peso directo de la energía en el IPC estadounidense y europeo es limitado, pero el efecto indirecto puede amplificarse vía transporte, logística y alimentación. No obstante, para que esto se traslade de manera significativa al IPC, el shock debe ser persistente en el tiempo. Un repunte puntual del crudo no modifica el rumbo de la política monetaria. Un aumento sostenido, sí.

Hoy, el mercado continúa más pendiente de las expectativas de tipos, la dinámica de los beneficios empresariales y de las condiciones de liquidez, que de un conflicto regional si este no escala energéticamente.

Capacidad de escalada del conflicto

Aunque nos ha sorprendido que Irán haya atacado a los países del golfo Pérsico, no creemos que Irán tenga capacidad para sostener un conflicto prolongado de alta intensidad contra Israel, EE. UU. y sus vecinos. En este contexto, pensamos que hay que monitorizar especialmente tres factores: el daño real a infraestructuras energéticas (por ejemplo, de Catar, los EAU o Arabia Saudí), la implicación directa y sostenida de Estados Unidos y la reacción coordinada (o no) de la OPEP.

Nuestro escenario central es, a día de hoy, el de un conflicto contenido y limitado en el tiempo. Pensamos además que la administración Trump no puede permitirse bajas militares estadounidenses de manera sostenida, al mismo tiempo que un aumento duradero del precio del petróleo. En otoño hay elecciones legislativas (Mid-term election), y del resultado de estas dependerá que Trump pueda seguir gobernando con comodidad o no. No es descartable en este contexto que los propios Estados Unidos utilicen su reserva estratégica de petróleo para mantener los precios bajos y que se muestren más favorables a negociar en función de la virulencia de Irán.

¿Cuáles pueden ser las implicaciones para la cartera de inversión?

En el escenario base de un conflicto corto, esperamos volatilidad a corto plazo, por supuesto. Seguramente los mercados sobrerreaccionarán en los primeros días del conflicto en función de las noticias que vayamos conociendo. En carteras con posibilidad de incluir ETFs puede tener sentido (por su agilidad) recomendar alguna cobertura o compra con descuento. En carteras únicamente de fondos de inversión, si el escenario base se mantiene y a corto plazo “vemos soluciones” (es decir, que Israel y EE. UU. se impongan) pensamos que no tiene sentido moverse demasiado. No vemos, a día de hoy, cambios macroeconómicos estructurales. Las correcciones podrían convertirse en oportunidades tácticas.

¿Cuál es el plan B? En un escenario adverso (al que ahora damos una probabilidad baja pero que podría tener un impacto elevado), si el petróleo superara y mantuviera niveles críticos, podríamos recomendar reducir duración en renta fija, porcentajes en renta variable, aumentar la exposición táctica al sector energético y reforzar activos que protejan de la inflación.

En conclusión, con la información disponible hoy, no vemos, de momento, un cambio estructural de mercado. El petróleo es la variable crítica, y cómo su precio puede transmitirse a la inflación, el foco de nuestro análisis. Habrá que ver también si la liquidez presente en el sistema actúa como amortiguador o no de la situación. Si el conflicto no altera de manera persistente el precio de la energía, el impacto será táctico y no estratégico. Seguimos de manera continuada los datos que nos permitan ir generando opiniones de valor para nuestro asesoramiento.

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